María Corina regresa: la esperanza vuelve a las calles
Vierne5. / Opinión. /
Por Matías Ricardo Escalona Cardinale
El multitudinario recibimiento a María Corina abre una nueva etapa de esperanza, organización y pluralismo político en Venezuela.

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Hay imágenes que trascienden la política y terminan convirtiéndose en el retrato emocional de un país. El recibimiento a María Corina Machado este domingo 25 de octubre pertenece a esa categoría. Miles de venezolanos salieron a las calles, se congregaron en las carreteras, levantaron banderas, corrieron detrás de una caravana y celebraron un regreso que durante meses pareció imposible. Pero lo verdaderamente conmovedor no fue solamente la presencia de una dirigente política. Fue descubrir que, después de tanto sufrimiento, Venezuela todavía conserva intacta su capacidad de emocionarse, abrazarse y celebrar.
Y eso, en un país marcado por la incertidumbre, tiene un significado extraordinario.
Durante los primeros días de enero vivimos acontecimientos que modificaron profundamente el escenario político venezolano. La captura de Nicolás Maduro abrió una etapa completamente distinta, pero sería inexacto afirmar que entonces el país salió masivamente a celebrar. La incertidumbre, el temor y las preguntas sobre lo que vendría después ocuparon buena parte de aquel momento.
Lo ocurrido este domingo fue diferente.
Esta vez hubo rostros descubiertos, abrazos espontáneos, lágrimas, canciones y una alegría colectiva que no necesitó demasiadas explicaciones. No fue una celebración por la caída de alguien. Fue, para muchos de los presentes, la celebración del regreso de alguien en quien depositan sus expectativas de futuro.
Y existe una diferencia profunda entre celebrar que termina una etapa y celebrar que comienza otra.
Un recibimiento que trasciende a una dirigente
María Corina Machado regresó a Venezuela después de casi diez meses fuera del país. Su reaparición comenzó en el estado Lara, donde acudió a la iglesia de Santa Rosa, y continuó con un recorrido por Yaracuy, Carabobo y Aragua hasta llegar a Caracas durante la noche.
La magnitud del recibimiento fue documentada por medios nacionales e internacionales. Efecto Cocuyo recogió testimonios de ciudadanos que acudieron a recibirla, mientras Reuters informó sobre las multitudes que se congregaron a lo largo de su recorrido hacia la capital.
Las imágenes muestran un respaldo ciudadano significativo, aunque por sí solas no permiten medir con precisión la intención de voto ni anticipar un resultado electoral.
Lo que sí permiten observar es que Machado conserva una capacidad de convocatoria notable y que su presencia física vuelve a introducir una dimensión distinta en el debate político venezolano.
Durante meses, una parte considerable de la discusión sobre la transición transcurrió entre reuniones, declaraciones diplomáticas, negociaciones institucionales y acuerdos económicos. La ciudadanía parecía observar desde cierta distancia decisiones que afectarían directamente su futuro.
El domingo, en cambio, la política volvió a tener rostros, cuerpos, voces y calles.
Y eso modifica la conversación.
La alegría también puede formar parte de una transición
Nos hemos acostumbrado tanto a relacionar la política venezolana con la tragedia que casi olvidamos que los procesos de cambio también pueden estar acompañados por el entusiasmo.
Durante años, las noticias políticas llegaron asociadas a detenciones, enfrentamientos, exilios, restricciones y familias separadas. El lenguaje de la resistencia terminó adquiriendo una solemnidad que parecía no dejar espacio para otra emoción.
Pero ninguna sociedad puede reconstruirse únicamente desde el dolor.
La esperanza no sustituye las instituciones ni resuelve los problemas económicos. Tampoco elimina los riesgos de una transición todavía incompleta. Sin embargo, puede devolver a los ciudadanos algo indispensable: la sensación de que participar nuevamente tiene sentido.
El regreso de Machado permite interpretar que una parte de la sociedad está recuperando confianza para expresarse públicamente. Eso no significa que todas las garantías estén consolidadas ni que hayan desaparecido las estructuras de control político.
Significa que se ha abierto un espacio que merece ser protegido y ampliado.
La alegría del domingo debería entenderse como una oportunidad para fortalecer la convivencia democrática, no como autorización para desconocer los problemas pendientes.
El cambio puede ser difícil sin tener que convertirse necesariamente en sombrío.
Después del recibimiento comienza el verdadero trabajo
La emoción colectiva tiene un enorme valor simbólico, pero su duración política depende de lo que se construya después.
Una multitud puede llenar carreteras durante unas horas. Una democracia, en cambio, necesita ciudadanos organizados durante años.
Por eso, el desafío que sigue al regreso de María Corina no debería reducirse a prolongar las celebraciones o multiplicar los actos públicos. La nueva etapa exige organización, preparación institucional y recuperación de los espacios ciudadanos.
La tarea incluye asuntos concretos:
- Reconstruir las organizaciones políticas: recuperar equipos locales, mecanismos de participación y estructuras capaces de funcionar públicamente.
- Preparar una futura competencia electoral: fortalecer la formación de testigos, la observación ciudadana y la defensa transparente del voto.
- Ampliar la participación: incorporar a jóvenes, trabajadores, organizaciones civiles y venezolanos que permanecieron alejados de la actividad política por temor o desencanto.
- Garantizar derechos: reclamar condiciones para que todos los sectores puedan organizarse, expresar sus propuestas y participar sin restricciones arbitrarias.
- Construir propuestas de gobierno: pasar de las consignas generales a programas verificables sobre economía, servicios públicos, justicia y reconstrucción institucional.
El entusiasmo puede impulsar ese trabajo, pero no reemplazarlo.
La política democrática necesita método, paciencia y capacidad de escuchar incluso a quienes mantienen opiniones diferentes.
El regreso de otros liderazgos
La presencia de María Corina también abre una pregunta sobre los dirigentes opositores que permanecen fuera de Venezuela.
El retorno de liderazgos exiliados podría contribuir a recuperar la pluralidad de voces y experiencias que el país necesita para reconstruir su vida institucional.
Edmundo González Urrutia, quien reside en España, manifestó públicamente su intención de regresar próximamente. Esa posibilidad representa otro elemento importante dentro de una transición cuyo calendario todavía presenta incertidumbres.
No obstante, ningún regreso debería depender únicamente de una decisión personal de valentía.
La seguridad, las garantías jurídicas y el respeto a los derechos políticos deben formar parte de las condiciones institucionales necesarias para que estos retornos sean sostenibles.
Según declaraciones del secretario de Estado estadounidense Marco Rubio, el retorno de Machado fue posible gracias a los avances de las conversaciones de reconciliación respaldadas por Washington. Esa es la interpretación oficial estadounidense, aunque persisten diferencias públicas sobre el alcance de la coordinación política y las condiciones del proceso.
La tarea consiste en transformar esas garantías particulares en derechos generales, de manera que regresar al propio país deje de representar una operación extraordinaria.
La unidad democrática tendrá que evolucionar
Durante muchos años, buena parte de la oposición venezolana construyó su unidad alrededor de una necesidad fundamental: enfrentar electoralmente a una estructura de poder dominante.
Ese objetivo común permitió reunir partidos, movimientos y dirigentes con diferencias ideológicas importantes.
Sin embargo, una eventual apertura democrática obligaría a reconsiderar la naturaleza de esas alianzas.
En una democracia competitiva, la pluralidad no constituye una amenaza. Es una condición necesaria para que los ciudadanos puedan comparar propuestas y escoger entre alternativas.
Por eso no sería extraño que, en una futura elección verdaderamente libre, las fuerzas democráticas comiencen a organizarse de acuerdo con programas, visiones económicas, propuestas institucionales y prioridades sociales distintas.
Algunas podrían mantener alianzas amplias. Otras podrían presentar candidaturas propias. Ambas posibilidades forman parte del funcionamiento normal de una democracia, siempre que existan reglas equitativas.
La unidad puede continuar siendo necesaria para defender garantías institucionales comunes, incluso cuando las organizaciones políticas compitan entre sí por responsabilidades de gobierno.
Conviene entender esa diferencia.
Un acuerdo sobre las reglas democráticas no exige uniformidad ideológica. Y una competencia electoral entre distintas opciones no debería interpretarse automáticamente como una ruptura de los compromisos compartidos.
Nadie debe necesitar la exclusión de otro para competir
El multitudinario recibimiento a María Corina deja planteada otra cuestión fundamental: la legitimidad política no puede fabricarse mediante la eliminación administrativa de un competidor.
Durante las elecciones de 2024, la inhabilitación de Machado impidió su participación como candidata presidencial. Aquella controversia se convirtió en uno de los símbolos más visibles de las deficiencias del sistema político venezolano.
Repetir una situación semejante sería incompatible con una transición que aspire a recuperar la confianza ciudadana.
Pero el principio debe formularse de manera universal.
Las garantías electorales no pueden proteger solamente a la figura más popular de un sector. Deben extenderse a todos los ciudadanos y organizaciones que cumplan condiciones legales legítimas, objetivas y compatibles con los derechos políticos.
Cualquier dirigente que aspire a la Presidencia debe poder presentar su programa y competir en condiciones equitativas, sin esperar que una prohibición arbitraria retire a sus adversarios del camino.
La fortaleza de una candidatura debería demostrarse mediante propuestas, organización y respaldo ciudadano.
No mediante exclusiones convenientes.
Ese principio también protege a María Corina Machado. Y protege a quienes legítimamente puedan discrepar de ella.
Una democracia no se construye garantizando la victoria de una persona, sino garantizando que ninguna persona necesite la exclusión de otra para intentar ganar.
La celebración que todavía nos debemos
El regreso de María Corina ha producido imágenes memorables. Sería difícil no emocionarse ante las expresiones espontáneas de ciudadanos que esperaron durante horas para verla pasar, saludarla o simplemente compartir un momento que consideraban histórico.
Pero las imágenes más importantes de la transición todavía están por producirse.
Serán las de ciudadanos ejerciendo sus derechos sin miedo, familias reencontrándose, periodistas trabajando libremente y organizaciones políticas presentando sus propuestas en igualdad de condiciones.
Y, finalmente, las de venezolanos participando en unas elecciones presidenciales con instituciones confiables, garantías verificables y resultados respetados.
Ese momento todavía no tiene fecha confirmada.
El gobierno interino ha expresado su disposición a avanzar hacia elecciones, pero el país continúa esperando definiciones sobre el calendario, el árbitro electoral y las condiciones de participación.
La alegría del domingo no debe utilizarse para ignorar esas incertidumbres. Por el contrario, puede servir para recordar cuánto significa la libertad política cuando empieza a recuperar su dimensión pública.
La esperanza es valiosa precisamente porque invita a construir, no porque garantice resultados anticipados.
Venezuela tiene razones para celebrar el regreso de una dirigente que conserva un respaldo ciudadano significativo. También tiene razones para mantener una mirada crítica sobre las instituciones y los acuerdos que definirán el futuro inmediato.
Ambas actitudes son compatibles.
El periodismo independiente debe acompañar este momento con sensibilidad humana, pero también con la disciplina necesaria para distinguir la emoción de los hechos y las aspiraciones de las garantías efectivas.
Lo ocurrido el domingo demuestra que la ciudadanía todavía tiene energía para participar y esperanza para mirar hacia adelante.
Ahora corresponde transformar esa emoción en una convivencia política donde las diferencias puedan expresarse sin temor y donde ninguna candidatura dependa de la exclusión de sus adversarios.
Quizás esa sea la mayor enseñanza de este regreso: que la democracia venezolana no tendrá que parecerse eternamente a una lucha por sobrevivir. Algún día podrá parecerse, sencillamente, a ciudadanos reunidos en libertad para decidir su propio destino.
Y esa sí será una celebración que merecerá quedarse para siempre en nuestra memoria.
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